viernes, 26 de marzo de 2010

El país de la vergüenza

Por Natalia Morales Vega

Yo no sé por qué hacen tanto alboroto cuando salgo a tomarme unos traguitos, ¿no es acaso que en este país tenemos libertad?

Gritamos a los cuatro vientos que nuestra democracia es la mejor de Centroamérica, sin embargo cuando algunos ejercemos nuestro derecho de libre tránsito y expresión, muchos nos tachan de irresponsables y usualmente, nos recuerdan a nuestras madres.

Hace unos días vi como injustamente encarcelaban a un pobre hermano de fiesta, sólo por salir tempranito a festejar alguna buena noticia. Unas cuantas birrillas y para la casa, sin meterse con nadie y sin que nadie se metiera con él. No obstante, los medios de comunicación adictos a la sangre se valieron de tan trágica noticias para vendernos más carnicería.

Es una lástima el fallecimiento de un ciclista más el pasado 14 de marzo, fue víctima de otro tapis. Sin embargo, aún no logro entender por qué los medios de comunicación hicieron tanto alboroto por una cifra más en la larga lista de las víctimas por atropello a mano de conductores ebrios. ¿Tendría acaso un trato especial por ser amigo de alguna reconocida figura pública? O ¿Será que el ser hijo de un exdiputado significa que no se puede tomar? O ¿quizá el dinero justifica una muerte, pero la otra no? Talvez, estoy divagando por tanto licor.

Yo soy uno, no lo niego, que sale de party todos los viernes por la noche. Tempranito me alisto con mis mejor trapos, me perfumo bien para matizar alguna güila y “LJ” para algún bar. Mi carrito lo tengo bien chaneado, con los últimos artículos del mercado, el ronronear del motor me transporta a una buena pista de carrera.

Claro, no estoy diciendo que tomar sea exclusivo del macho. No, al contrario más de una amiga mía se apunta a ride de diversión. Es más, la fiesta no está completa sin mujeres.

De bar en bar me la paso toda la noche, tomando y vacilando con los compas de tragos. Algunos me piden un aventón, y quién soy yo para negárselos, no todos tienen la fortuna de tener un carrito y andar libres por las calles. La verdad, tomar y manejar… ¡Eso sí, es vida!

Pero, no se alarmen. No soy ningún imprudente, yo manejo picadito, no borracho. Esas son dos cosas distintas. Bajo ninguna circunstancia tocaría un carro, estando en eso estado. No, yo soy prudente.

Sé que se preguntará si no me asusta que algún policía me pare, y para serle sincero, no. Cómo me voy a preocupar por redadas o agentes en solitario. Como dije antes, donde está la plata está el poder. Yo comprendo la difícil situación de esas pobres personas, por eso amablemente les ofrezco una ayudadita monetaria y listo. De camino hacia mi casa.

La verdad es que dejémonos de tanta hipocresía y de jugar de puritanos, quién no se ha tomado una birrilla y después agarra el carro. Como dice la misma biblia, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.” Ya me lo decía mi madre, hay que dejar de buscar la aguja en la paja ajena. Así que señores, ya no me juzguen.

Al final, la culpa no es mía. O acaso yo soy responsable de que los 57 diputados, que todos ayudamos a elegir cada cuatro años, no se pongan de acuerdo para aprobar una ley. Si son ellos mismos los que no benefician con sus decisiones. Y es que la noticia de aumentar la cantidad de licor en la sangre, me tiene muy contento. Al concluir la noche, un traguito de más no va a hacer la diferencia.

Si ellos nos favorecen, para qué vamos a dejar de llevar nuestro ritmo de vida. Como dije, la culpa no es nuestra. O es que nosotros los criticamos por llevar una vida de aburrimiento y confinación en la casa.

Por ahí escuché que el alcohol desinhibe a la gente, y no sólo eso, agudiza sentidos. Si es que yo me siento más vivo que nunca, algo parecido a superman cruzado con Chuck Norris, ni Mcgiver me llega a los talones. Así que por favor, no me vengan con cuentos que conducir y tomar no se combinan. Al contrario, si más bien uno maneja como el capitán maravilla.

No crea, yo me he puesto a pensar en todos los atropellos a manos de choferes borrachos. Pero, aquí entre nos, esos son principiantes que no aguantan nada. Además, la culpa es de la gente que se atraviesa o de los mismos conductores que manejan al paso de la tortuga. Si la noche se hizo para nosotros, el día se los dejamos a ellos.

Yo he intentado salir sin carro, unas veces por decisión y otras porque ha estado en el taller. La verdad es que no me convence ese negocio, al finalizar la noche ningún taxi lo quiere montar a uno. Entonces, cómo se hace si no hay quién lo regrese hasta su hogar.

Ya sé lo que me va a decir, el famoso chofer designado o más bien resignado. Un amigo que lleva a los compas al bar, los ve tomar, divertirse y agüevado tiene que llevar y acostar a uno por uno. Por favor, señores. No hay que ser tan ignorante, quién se va a creer que alguien en su sano juicio va a aceptar eso. Ve, que al final yo siempre tengo la razón.

En mis ratos lúcidos me he puesto a pensar en todo este asunto de las leyes, que si sirven que sino. Que si son buenas, que sino. Pero es que, cómo diablos van a implantar leyes de países desarrollados en países tercermundistas. La iniciativa es buena, sin embargo ahí se queda. No ven que todo se resuelve con un sala cuartazo y listo. Todos felices.

Un día escuché sobre una vigilia de la vergüenza para evitar que podamos salir de rumba un sábado por la noche. Un país empapado por vergüenza de tener algunos amantes de la vida social que nos gusta salir a despejarnos un ratito. Vergüenza porque salimos con nuestro carrito, pero es que no hay más opción. O ustedes no han visto el montón de asaltos en las noches. ¿Es que ustedes quieren que salgamos a pata y seamos víctimas del Ampa? Dios me libre de causarle ese sufrimiento a mi familia.

Sé que muchos de ustedes pensarán y desearán que algunos policías me quiten el carro en alguna de esas redadas que usualmente hacen por la noche, pero no sea injusto. No ve que si eso pasa no voy a tener en qué ir a trabajar al otro día. Y después, ¿cómo hago para ganarme la harinita para otra noche de juerga?

Señor, no tenga vergüenza de que personas como yo habitemos este libre país. Más bien, dele gracias a Dios que cada uno puede decidir su estilo de vida. Aunque para ser sincero, con el güaro ya no sé si es de día o es de noche. Así que no se asuste si en algún momento usted me observa por las calles a plena luz del día. No se atenga a mi estado que yo no me atendré al suyo. Pues, puede ser que ya se haya unido a mi equipo sin darse cuenta.

martes, 16 de marzo de 2010

Seguridad Confusa

Por Gerald Jiménez

A mí no me queda duda de su agradecimiento por la seguridad que le ofrezco. Y es que me atrevo a hablar en nombre de todos los hombres de armi. La verdad es que en este brete uno se merece de todo. Usted debe comprender que cuando se piensa en seguridad en este país, se piensa en nosotros. Nuestra presencia en las calles es sinónimo de tranquilidad y confianza, como si nosotros fuéramos superhéroes. La verdad yo no entiendo eso, debo confesar que a mí también me da miedo andar solo o acompañado, pero bueno ese es mi trabajo.

Los policías somos la máxima autoridad en la calle y nuestra palabra debe ser santa y respetada, sin importar nuestro comportamiento y trato, a usted no le queda otra opción que aceptar nuestro mandato.

La fuerza y las amenazas son con frecuencia nuestra mayor arma. Usted se ha vuelto cada vez más cabezón y por eso nosotros debemos ser más violentos. Sin importar cual sea su delito yo le debo dar garrote, al final usted parece ser un delincuente y no merece más que eso. Yo por mi lado estoy obligado a hacer valer la ley y sus derechos, aunque aún no entiendo por qué los malhechores deben tener derechos.

Sí, yo sé que nosotros tampoco somos una maravilla de personas. Sí, yo sé que existen compañeros que son igual de malos y ladrones a muchos delincuentes, o quizás más. Pero entienda costarricense, la policía es una especie de ejército tico que anda armado por las calles cuidándolo a usted, e incluso para nosotros es difícil discernir quiénes son buenos o malos.

La verdad es que existe de todo un poco. Estamos los que cumplimos eficientemente nuestra labor y nos enorgullece nuestro trabajo cuando sabemos que contribuimos a que su vida sea más segura, pero también existimos algunos que aprovechamos nuestra posición para vacilar la ley y sacar provecho de algunos delitos como el robo, el narcotráfico, el lavado de dinero y otras cosillas.

Debo ser sincero con usted, y es que efectivamente nosotros no conocemos las leyes de memoria, y en algunos casos actuamos sin saber con certeza si lo que hacemos está bien o no. Lo que trato de decirle es que si los policías nos equivocamos, lamentablemente usted deberá olvidarlo y obedecer, pues simplemente, nosotros somos la policía.

Yo sé que usted también está contento/a de caminar por chepe o su barrio, sea cual sea su provincia y ver a un par de mis colegas en una esquina, eso le da la esperanza de estar protegido. Es cierto, algunos de ellos están pasados de peso, de edad y no deberían estar ahí ¿Pero qué podemos hacer?

Usted parece olvidar que nosotros arriesgamos nuestras vidas cada día, y no es bonito andar ahí a la espera de un balazo o una pedrada. Aquí a la gente le gusta manifestarse por todo y siempre nos envían a nosotros a velar por que esa manifestación no se convierta en una rebelión. Desde los taxistas piratas, los universitarios, la Ultra, la Doce, la Garra y hasta los anti TLC, todos ellos son grupos extremistas que deben ser parados de un bombazo.

Es cierto que en muchas ocasiones abusamos de nuestra autoridad, y tratamos a muchos ticos como nos da la gana. Qué puedo decirle, el poder es una sensación que parece poseer nuestro uniforme y nos hace sentir con el derecho de garrotearlo a usted sin excepción ni explicación.

Es mucho riesgo el que corremos, y nuestros salarios no son en lo absoluto halagadores. Quizás sea por esa razón que algunos de mis compañeros prefieren buscar un segundo oficio. El diario contacto con las drogas y la forma en que opera la delincuencia hacen parecer el crimen una oportunidad para ganar más y seguir delante de la mano de la “justicia y la policía”. Le repito, yo sé que de alguna manera usted ha empezado a perder la confianza en nosotros, pues cada vez son más los casos de corrupción en nuestras filas. Pero por favor no generalice.

Yo sé que le es complicado creerme debido a la facilidad con la que la delincuencia nos absorbe a muchos cuando estamos del lado de la justicia. Sin embargo, no los culpo por juzgarnos y tacharnos. Al final es nuestro deber y responsabilidad cuidar su vida.

Es que acaso usted no ha visto esos asombrosos retenes y redadas que los medios de comunicación transmiten muy temprano en las mañanas, cuando agentes de todos los rangos y posiciones gritan al buen estilo de CSI y las mejores películas hollywoodenses… Policía.. Policía!!!! Para demostrar frente a las cámaras su poderío y valor mientras derriban portones y puertas a mazazos despertando a todos los vecinos en la madrugada.

Sí, yo sé que eso de las cámaras de TV, los gritos, y muchos de nosotros corriendo con chalecos antibalas y entrando a lo loco en las casas tirando puertas y asustando a todo el mundo hace parecer nuestro trabajo un circo, pero los policías nos merecemos un crédito por el riesgo, y que mejor manera de lograrlo que enseñándoselo a ustedes costarricenses. Además, usted nunca sabe cuando un narco, un roba carros, un violador, un falsificador, un asesino o un contrabandista se va a ir a vivir a su lado, y es bueno estar preparado.

Como buen tico, usted tampoco puede darse el lujo de creerse por completo todas las promesas de los políticos. Tal vez, si recibiéramos mejor pagos, capacitación e incentivos, los policías estaríamos mejor preparados. Efectivamente el miedo de ser asaltado y recibir una cuchillada o balazo no es algo que pueda desaparecer de la noche a la madrugada. Yo tengo mis dudas con la seguridad. Por eso prefiero imponer la ley en manada.

Soy de esos policías que rezan pero no se atienen a ningún santo. Encasillar al malo es más factible que enaltecer al bueno. La justicia es una brisa que refresca la verdad. No obstante, usted sigue siendo un ciudadano con derechos y yo un servidor de la justicia que en algunos casos viola sus derechos pero los continua cuidando.